Lo que mal empieza... (2ª parte)
Llevábamos 80 km. de distancia, 2 horas y media de tiempo y 2 horas y 15 minutos de mal rollo, cuando sin preguntar, pegó un volantazo y paró en mitad del campo. Por mi cabeza pasaron muchas cosas:
1ª Se está meando.
2ª Se quiere propasar conmigo.
3ª Está como una regadera.
1ª Se está meando.
2ª Se quiere propasar conmigo.
3ª Está como una regadera.
Se bajó del coche y yo, que me inclinaba por la 1ª opción, me quedé esperando. Enseguida vino a buscarme.
-¿Es que no quieres fumar? Vamos, sal y fuma, que he parado por ti, que ya sé que no puedes aguantar sin fumar.
Se me salieron los ojos de las cuencas. Pero ahí no acabó todo, no. Empezó a respirar profundamente, y a saltar de piedra en piedra.
-¿Es que a ti no te gusta el campo? -me preguntó.- Claro, como estás todo el día con el humo en la boca...
Lo de este tío era verdadero odio hacia el tabaco, además de una mala educación de tamaño considerable. Decidí que era la última vez que viajaba con un desconocido. (No, si ya lo decía mi madre... No le hagas caso a los señores que no conoces, jajaja).
Emprendimos de nuevo el viaje, y sonó mi móvil. Era mi amiga, preocupada, porque teníamos que haber llegado hacía media hora.
Efectivamente, X iba a 70 por hora por una carretera nacional, llena de camiones que nos adelantaban en medio de toques de claxon. Aunque bueno, por adelantarnos nos adelantaban hasta los que iban por el arcén en bicicleta... Y ya se sabe, tan malo es correr como ir despacio. Pensé que nunca llegaríamos y que nuestro viaje acabaría en alguna cuneta.
Se nos hizo de noche, a pesar de que era el mes de mayo y hasta las 10 no oscurecía. A esas alturas ya no iba a 70, sino a 60. Los autocares nos adelantaban después de intentar empujarnos (a ver si corríamos más). Mi estado de nervios estaba al límite.
Al llegar a la ciudad, como no podía ser de otra manera, nos perdimos. Y el se encargó de echarme la culpa. No sé qué le contesté, pero nos pusimos a discutir. Claro, que luego me di cuenta de que él era del tipo de tío de "qué guapa estás cuando te enfadas". Por suerte llegamos. Cogí mi bolsa de viaje y salí pitando, sin esperarle.
Cuando mi amiga abrió la puerta, de la cara de cabreo que llevaba, se quedó asustada. Después, cuando nos quedamos a solas, me confesó que su amigo le había dicho que X era un poco raro y que no sabría qué tal nos llevaríamos. AAAAAAAAAGGGGGGGGGGGGGGGRRRRRRRRRR. Casi la mato.
Me relajé. Al fin y al cabo teníamos un fin de semana por delante. Lo peor estaba por llegar. Mi amiga y su amigo habían quedado para cenar y salir de fiesta. En definitiva, el plan que toda mujer desearía.




