miércoles, mayo 24, 2006

Lo que mal empieza... (2ª parte)

Llevábamos 80 km. de distancia, 2 horas y media de tiempo y 2 horas y 15 minutos de mal rollo, cuando sin preguntar, pegó un volantazo y paró en mitad del campo. Por mi cabeza pasaron muchas cosas:
1ª Se está meando.
2ª Se quiere propasar conmigo.
3ª Está como una regadera.
Se bajó del coche y yo, que me inclinaba por la 1ª opción, me quedé esperando. Enseguida vino a buscarme.
-¿Es que no quieres fumar? Vamos, sal y fuma, que he parado por ti, que ya sé que no puedes aguantar sin fumar.
Se me salieron los ojos de las cuencas. Pero ahí no acabó todo, no. Empezó a respirar profundamente, y a saltar de piedra en piedra.
-¿Es que a ti no te gusta el campo? -me preguntó.- Claro, como estás todo el día con el humo en la boca...
Lo de este tío era verdadero odio hacia el tabaco, además de una mala educación de tamaño considerable. Decidí que era la última vez que viajaba con un desconocido. (No, si ya lo decía mi madre... No le hagas caso a los señores que no conoces, jajaja).
Emprendimos de nuevo el viaje, y sonó mi móvil. Era mi amiga, preocupada, porque teníamos que haber llegado hacía media hora.
Efectivamente, X iba a 70 por hora por una carretera nacional, llena de camiones que nos adelantaban en medio de toques de claxon. Aunque bueno, por adelantarnos nos adelantaban hasta los que iban por el arcén en bicicleta... Y ya se sabe, tan malo es correr como ir despacio. Pensé que nunca llegaríamos y que nuestro viaje acabaría en alguna cuneta.
Se nos hizo de noche, a pesar de que era el mes de mayo y hasta las 10 no oscurecía. A esas alturas ya no iba a 70, sino a 60. Los autocares nos adelantaban después de intentar empujarnos (a ver si corríamos más). Mi estado de nervios estaba al límite.
Al llegar a la ciudad, como no podía ser de otra manera, nos perdimos. Y el se encargó de echarme la culpa. No sé qué le contesté, pero nos pusimos a discutir. Claro, que luego me di cuenta de que él era del tipo de tío de "qué guapa estás cuando te enfadas". Por suerte llegamos. Cogí mi bolsa de viaje y salí pitando, sin esperarle.
Cuando mi amiga abrió la puerta, de la cara de cabreo que llevaba, se quedó asustada. Después, cuando nos quedamos a solas, me confesó que su amigo le había dicho que X era un poco raro y que no sabría qué tal nos llevaríamos. AAAAAAAAAGGGGGGGGGGGGGGGRRRRRRRRRR. Casi la mato.
Me relajé. Al fin y al cabo teníamos un fin de semana por delante. Lo peor estaba por llegar. Mi amiga y su amigo habían quedado para cenar y salir de fiesta. En definitiva, el plan que toda mujer desearía.

sábado, mayo 06, 2006

Reflexión

Los amores bonitos y verdaderamente importantes son aquéllos de los que te acuerdas positivamente aun cuando estás feliz.

jueves, mayo 04, 2006

Lo que mal empieza... (1ª parte)

Dicen que lo que mal empieza, peor acaba. Yo lo corroboro, aunque no niego que se puedan dar excepciones. La anécdota de la que voy a hablar es la muestra tangible de como a veces hay que dejar que las malas vibraciones se esfumen, y no andar provocándolas.
Tengo una amiga que vive fuera de mi ciudad. Un fin de semana, hace tiempo, decidí ir a visitarla y, de paso, correrme una buena juerga con ella. Cuando la llame para decírselo, se alegró mucho, y me dijo que era una casualidad, porque su compañero de trabajo, con el que salía a menudo de fiesta, también esperaba a un amigo aquel fin de semana, y para redondearlo, el chico era de mi ciudad.
Cuando su compañero se enteró, insistió para que viajara con su amigo, a fin de que me ahorrara el autobús y que le hiciera compañía. No me hacía gracia viajar con un desconocido, pero apenas eran 2 horas y "los amigos de mis amigos son mis amigos", como se suele decir.
Mi amiga me dio el número de teléfono del chico (a partir de ahora X) y yo le llamé para quedar. El tono fue cordial desde el principio, pero enseguida me dio el primer toque de atención.
- Quedamos a las 7 en ... Tengo un deportivo blanco. Llega puntual, no me gusta esperar.
Quizás yo sea muy susceptible, pero decirle a una persona que acabas de conocer por teléfono "llega puntual, no me gusta esperar", no me pareció la mejor manera de ganarse una amistad. Además el sitio donde habíamos quedado estaba en las afueras de la ciudad. Él sabía donde vivía yo y tenía que pasar cerca de allí, pero me citó en un sitio al que tenía que llegar en autobús.
Por supuesto llegué puntual, pero él no. Me tiré 15 largos minutos esperándole al lado de una gasolinera en las afueras con una bolsa de viaje. Sobra decir que todo el mundo me miraba, intentando saber a qué oficio me dedicaba...
De repente llegó el coche. Y de él se bajó un chico de unos 35 años (yo tenía entonces 12 menos) más bien del montón. Seré superficial, pero me esperaba un morenazo impresionante que se enamorara de mí a primera vista. He de decir que la culpa la tiene Hollywood y sus malditas películas. En realidad en España los guapos no conducen deportivos. O por lo menos esos guapos que me gustan a mí.
Hola, hola, dos besos, ¿qué tal? Nos montamos en el coche y, antes de que me abrochara el cinturón, me dijo:
-¿Fumas?
-Sí. (Bonito vicio que ya dejé, quizás por traumas como este)
-Pues en mi coche NO SE FUMA. (Mirada amenazante) No sé cómo hay personas que se pueden meter esa mierda en los pulmones y no aguanto a la gente que fuma.
Muy bien chaval, segunda puñalada y todavía no ha empezado el viaje. Puedo ser una sucia fumadora, pero tengo educación y no te voy a ahumar el coche. Te voy a poner dos velas negras...
No sé qué le contesté, la verdad, pero me salió mi vena chula, que siempre la he tenido, aunque hay épocas en las que predomina más sobre mi lado tranquilo que en otras. Decidí que se iba a enterar de quién era yo.

martes, mayo 02, 2006

Dentistas que quitan el hipo

Hace un par de años que visito la misma clínica dental. Es una de esas franquicias tan de moda ahora, donde trabajan 6 ó 7 doctores por turno, así como 10 ó 12 enfermeras. En general la plantilla no ha variado en este tiempo, pero he descubierto que han pasado a formar parte de ella un par de dentistas de anuncio. (Y no me refiero a los que anuncian dentrífico, sino a esos modelos de los anuncios de coches, relojes o cualquier otro objeto similar).
A mí siempre me ha atendido una doctora, cosa de la que me alegro, por otra parte, porque, siendo prácticos, ¿a quién le gusta que un tío que está como un tren le mire la campanilla? Esa clase de hombres son para disfrutarlos en otro ambiente, no en una consulta en la que babeas, arrugas el entrecejo y gimes de dolor. A la distancia a la que te observa es más que posible que te vea los granos, los pelillos o las imperfecciones varias. No hay atracción que valga, toda belleza es poca a 10 cm.
Reconozco que es una buena estrategia para captar público femenino y/o gay. Ya veo las colas a la puerta de la clínica para apuntarse a la consulta del doctor "tío bueno". Lo mismo pasaría si pusieramos a una super explosiva doctora. Alguno se dejaría sacar todas las muelas...
Sin ir más lejos, en mi última visita, mientras esperaba mi turno, pude ver como una paciente se iba detrás del doctor con una sonrisa de oreja a oreja, haciéndole guiños a la enfermera. Y lo peor es que salió con la misma sonrisa tonta, como si no le hubiera dolido el pinchazo, como si no le molestara la anestesia, como si no tuviera que pagar. Debía de pensar que eran los 100 euros mejor invertidos de su vida.

martes, abril 25, 2006

Sexo en Nueva York


Tengo una curiosa costumbre que es aficionarme a las series cuando las emiten por segunda vez. La verdad es que me cuesta mucho engancharme a la primera, y por mucho que me cuenten maravillas de ellas, me canso enseguida. Lo extraño es que, cuando todo el mundo protesta por la repetición de capítulos, yo me convierto en forofa.
Eso me ha pasado con Sexo en Nueva York. Incapaz de ver un solo capítulo, ahora me los trago todos. Eso sí, a modo de entretenimiento jocoso, porque si la serie pretendía ser un retrato de la mujer moderna, la verdad es que a mí me da la risa.
Quizás mi "enganche" se deba a que los muertos de C.S.I. acaban aburriendo, o que, tal vez, prefiera ver a cuatro chicas especiales antes que un montón de vísceras.
Lo cierto es que he intentado descubrir alguna coincidencia entre las mujeres que conozco y las protagonistas, y me cuesta creer que existan mujeres así. Quizás parecidas, pero no tan cargadas de tópicos. En el fondo puede que todas llevemos dentro algo de cada una de ellas.
Pero, en lo que más me cuesta creer es en esa amistad que se profesan. Tan limpia, tan llena de comprensión...Debe de ser que yo ya no creo en la raza humana, pero es extraño ver una relación a cuatro bandas donde todas comprenden todo, sin una crítica, sin un reproche. Nunca hay una fisura en su amistad, quizás porque se pasan la vida hablando de sus novios, sus sesiones de sexo y por qué están convencidas de que no les hace falta una pareja estable a los 35.
Creo que en la vida real se sacarían los ojos. Ejemplo: puritana reprimida escucha como chica liberal hasta el extremo le cuenta cómo le ha hecho una mamada a un tío que conoció en una discoteca. En la serie sonríe y dice "regla número 1; no hay que acostarse con desconocidos hasta la tercera o cuarta cita". La amiga también sonríe y le contesta "ya, pero es que tú no sabes lo que te pierdes con esas ideas..." Las dos sonríen y no pasa nada más. En la vida real sería: sonrisa hipócrita de la puritana "¿Y cómo os conocisteis?", sonrisa avergonzada de la amiga "era un amigo de un amigo". Momento de tensión. Dos horas más tarde, cuando la liberal ya no está, reunión a tres para comentar lo zorra y puta que es la otra por irle chupando el asunto a un desconocido. Y el que diga que no, que tire la primera piedra.
Por eso, las series, series son y no hay que darles más vueltas.

miércoles, marzo 29, 2006

Olores

Hoy, mientras iba de camino al trabajo, ha llegado a mí un aroma del pasado. Un perfume que se me ha metido hasta lo más profundo del corazón y ha hecho que palpitara más rápido.
Me pasa muchas veces. Soy muy despistada, pero nunca olvido un olor, aunque pasen miles de años. Es como una pequeña obsesión que tengo; recordar a las personas en olores. También los momentos.
Recordé durante años a mi primer amor por su colonia. En realidad he recordado siempre a cada uno de mis amores por sus colonias. Cada uno especial y cada uno distinto. Nunca he repetido. Quizás porque no hay dos hombres iguales o quizás porque no me pareció correcto traicionar la "memoria del perfume" en los brazos de otro que no fuera el primero. Rarita que es una.
De J. que fue mi gran amor (y único) de la adolescencia, me llevo sin duda su aroma fresco y sus besos de menta. Cuando me dejó, su olor tardó en irse de mi mente semanas. Toda mi ropa olía a él, a pesar de que nos pasábamos las noches de bar en bar rodeados de humo. Incluso después de lavar toda esa ropa, a veces el aire me traía su recuerdo e inevitablemente pensaba en él.
Años después, me sorprendí cuando nos volvimos a ver y, al darle dos besos, su aroma me llevó al pasado. Habían pasado 7 años, pero seguía oliendo igual. Tan fresco y tan atrayente que le habría vuelto a besar, poseída por el espíritu de tiempos remotos.
Por esas mismas fechas, comprobado ya que no había vuelta atrás con J., conocí a B., primo de un amigo. Nada más verlo el destello de la atracción irrefrenable me envolvió. No fue él, ni sus preciosos y expresivos ojos negros, sino su perfume. Juro que, a pesar de mis manías olfativas, nunca me había pasado algo igual. Era como en las películas de hipnotizadores, sólo que allí el hipnotizador era su olor. Algo indescriptiblemente pasional.
Después me enteré de que aquéllo era una esencia árabe hecha de no sé qué ingredientes. (Para mí que de todos los afrodisíacos, jaja).
No fue amor a primera vista, quizás pasión al primer segundo. Lo nuestro fue un bonito e irrepetible intercambio de sensaciones hasta que se fue, ya que no era de mi ciudad, pero, como se suele decir "fue bonito mientras duró" y es que, a veces, un olor dice más que cien palabras.

miércoles, marzo 22, 2006

Igualdad


Hace unos meses me encontré a un antiguo compañero de clase al que no veía desde tiempos inmemoriables. Lo típico: ¿qué tal te va? ¡cuánto tiempo! ¡qué casualidad que nos hayamos encontrado!
Nos pusimos al corriente de nuestras vidas en cuestión de segundos. Hablando de lo más básico; trabajo, pareja, planes de futuro. ¿Para qué más? Al fin y al cabo, lo mismo pasan otros 6 años hasta que nos volvamos a ver.
Lo curioso del encuentro fue que, en un momento de la conversación, él que siempre ha sido más bien bohemio, me confesó sin ningún tipo de vergüenza, que sobrevive gracias al sueldo de su mujer ingeniera, ya que el modo de vida que ha elegido no le permite ganar grandes cantidades.
Confieso que me sorprendió la soltura con que lo dijo. Al principio pensé que se había convertido en un "mantenido", pero en un segundo deseché esa idea de mi cabeza. No había malicia en sus palabras, ni sumisión. Simplemente una frase más entre todas, una realidad más.
Reconozco que la sociedad tiene un concepto de los roles hombre-mujer muy difíciles de cambiar, pero, ya que a nadie le extraña que una mujer no trabaje y sea su marido el que gane el dinero, ¿por qué todavía nos sonreimos cuando es ella la que lo hace?
Analizando mi entorno me doy cuenta de que no es un fenómeno aislado. Cada vez son más "ellas" las que mantienen la familia. "Ellas" que tienen un mejor trabajo. "Ellas" que ganan más o trabajan más horas. "Ellas" que aceptan trabajos poco cualificados a veces con tal de ganar un sueldo. "Ellas" que, en muchos casos, y a pesar de todo tienen que seguir siendo, además, amas de casa porque eso es un "trabajo de mujer".
Pero, pensándolo bien, la mayoría de "ellos" cuyas mujeres son las "cabeza de familia" se escudan en tópicos como "es que no me sale nada de lo mío", "por ahora trabaja mi mujer hasta que yo encuentre algo", "para ella es más fácil trabajar". MENTIRA. En el 99% de los casos que conozco, la respuesta correcta es "mi mujer estudió más que yo" o "es mejor profesional que yo" o "es buena en su trabajo y yo no quiero reconocerlo porque no quiero quedar como un pelele".
Por ello, quizás, cuando me despedí de mi compañero, no pude evitar pensar que lo que más me había sorprendido de su confesión fue la sinceridad total con la que reconocía que era ELLA la que ganaba el dinero, sin importarle, sin sentirse herido en su orgullo de macho, sabiendo que él había elegido el camino del artista y que ella lo respetaba, que él no era más ni menos que ella, que eran dos personas. Una pareja, en definitiva, sin importar sexo. Y por supuesto una pareja en la que el amor supera todo lo demás.
Ojalá llegue un día en que la verdadera igualdad exista y no nos importen tanto los estereotipos que nos impone la sociedad. Un día en que algunos se den cuenta de que la igualdad también es una forma de querer.