domingo, febrero 26, 2006

Una de idioteces

Cuando se es adolescente no se es más idiota a veces porque no se entrena. Yo, particularmente tengo en mi curriculum algunas idioteces que son para darme una medalla de oro. Como no es cuestión de perder la reputación así, de un golpe, contaré una de grado medio, de esas inofensivas.
Tendría yo unos 13 años...no es que fuera adolescente en el sentido estricto de la palabra, pero yo ya me sentía así. Por aquella época jugaba al baloncesto y todos los sábados iba junto con mi vecina, que era un año más pequeña a entrenar o a jugar algún partido. Ella, que era muy precoz, a la par que muy monilla, ya había tenido sus tonteos. Yo, ni olerlos.
El caso es que el sábado en cuestión, fuimos a jugar a un colegio de curas muy conocido en la ciudad. Aquello era todo pijerío. Aunque nunca me he sentido menos que nadie, en aquel momento eramos las pobres del lugar. Nosotras no teníamos ni equipación y aquellas pijas tenían hasta patrocinador. El partido, como no podía ser menos, se convirtió en una batalla campal, lo que propició que todo el que ese día estaba por allí se acercara a vernos.
En uno de los descansos, mi vecina me dijo que mirara a un chico de melena que estaba por allí. Se había fijado en él y lo miraba con esos ojos de amor que se te ponen a los 12 años. La verdad es que no estaba mal. Era asquerosamente pijo, pero no estaba NADA mal. Y es que a esas edades lo de la personalidad como que no importa. Siempre te enamoras del más guapo.
Mi vecina se pasó el resto del partido mirándole y así nos fue: perdimos. Cuando acabamos nos quedamos un rato por allí y pudimos oír cómo le llamaban.
En los colegios de curas tienen la manía de llamar por el apellido, pero la casualidad quiso que fuera un apellido de esos que sólo los oyes una vez. Nada de Pérez o Fernández. El niño tenía un apellido de rico.
Según volvíamos para casa, tramábamos el siguiente encuentro, ya que mi vecina se había crecido al ver que él también la miraba. Todo era cuestión de ver cuándo iría el equipo de su colegio al nuestro, pero por desgracia, ya habían estado. Nuestro gozo en un pozo.
Pasamos al plan B. Nos hicimos con una guía de teléfonos y buscamos el famoso apellido. Sólo había uno. Apuntamos la dirección y para allá que nos fuimos. Tres horas nos pasamos delante de la puerta, escondidas detrás de un coche.
No contentas con eso, decidimos seguir investigando. En las siguientes semanas nos enteramos de que su padre era médico, que vivía en el 5º de aquel edificio, que tenía una hermana...También del nombre, lo cual nos llevó a rematar la faena.
A mí no me interesaba, pero tenía alma de casamentera, por lo que estaba disfrutando como una enana, a pesar de los cientos de horas perdidas haciendo de espías. Por eso, cuando mi vecina quiso escribirle una carta, yo la animé.
No recuerdo que ponía la carta (por suerte...), pero debía ser algo del tipo "Hola X, estás muy bueno y estoy enamorada de ti. Fdo: Anónimo." La verdad es que no sé qué sentido tenía aquéllo, pero estábamos emocionadísimas.
Metimos la carta en un sobre y, en un momento de despiste del portero, nos colamos en el edificio para meterla en el buzón. Minutos después de salir, apareció él con unos amigos. Casi nos pilla in fraganti.
Meses más tarde mi vecina me contó que un amigo común los había presentado y que él la miraba raro. Nunca pasó nada, como era de esperar. Me imagino que él se echó unas buenas risas a nuestra costa, porque fijo que sabía que eramos nosotras las "anónimas". Por nuestra parte, también nos reímos, aunque menos. Con el tiempo se nos olvidó la historia, sobre todo a mi vecina, que se acabó enrollando con el amigo que le había presentado al protagonista de la historia. Y es que, no hay mal que por bien no venga...