sábado, marzo 18, 2006

Chats

Nunca me han gustado mucho los chats, pero hubo una época en que estaba todo el día enganchada. Fue en mis últimos tiempos de universidad. Mi facultad era muy poco moderna, por decirlo de alguna manera, pero a cambio contábamos con las mejores aulas de ordenadores de toda la ciudad.
Lo que estaba de moda por aquella época eran los chats de TELNET, que realmente se suponía que no eran chats, sino que la universidad nos ofrecía un canal para intercambiar información académica con otros estudiantes... ¡Je!
Yo acababa de salir de una relación de varios años y necesitaba algo de diversión. Me pasaba horas hablando con estudiantes de otras facultades de toda España. Detrás de nuestro nick aparecía una extensión que indicaba la universidad a la que pertenecías. Yo tenía por norma no hablar con nadie de mi propia universidad, ya que sabía que muchos de los estudiantes que chateaban lo hacían por reirse un poco. Era normal oir como algunos, la mayoría chicos, hacían comentarios poco afortunados sobre la chica con la que estaban hablando. Comentarios sobre todo referentes a que "ya se la habían ligado", a que "seguro que es feísima", etc. Como ojos que no ven, corazón que no siente, yo siempre hablaba con chicos de fuera de mi ciudad, aunque quizás fueran igual de energúmenos.
El destino quiso que, al poco de chatear, conociera a una persona que para mí fue muy importante. Ya hablaré de él algún día. El caso es que aquella mañana yo esperaba que se conectara, como habíamos acordado. Mientras esperaba, un chico me mandó un mensaje. Era de mi universidad, por lo que no le hice mucho caso, pero no recuerdo cómo, acabamos hablando.
Él empezó a insistir para que le dijera en qué facultad estaba y yo le dije el nombre de una distinta a donde estaba en realidad. Él, incauto, me dijo que estaba en la mía. Yo decidí seguir con la mentira y él con el ataque. Insistió en ir a buscarme para conocernos. Yo me hice la reacia y le expliqué que no quedaba con nadie del chat, pero que si seguíamos hablando igual otro día podíamos quedar.
De repente el chico que estaba en la fila de delante de mí, en diagonal, pegó un bote de la silla y gritó "¡macho, he ligado, he ligado!". Me quedé atónita, pero todavía no estaba segura de que fuera él, así que le pregunté que cómo era. Volvió a gritar "¡macho, que quiere saber cómo soy!".
Ahora no había duda, era él. Me aguanté la risa como pude y leí lo que me escribía. Decía que era atlético, moreno, con ojos verdes, alto y que las chicas decían que era guapo. Y un poco exagerado también, porque moreno era, pero lo demás... Yo también le mentí, más que nada porque no quería que me reconociera. A continuación nos preguntamos que qué llevábamos puesto, que donde estudiábamos, etc. A cada pregunta él le decía a gritos a sus amigos que me tenía en el bote.
Después de media hora en ese plan, le dije que dejara de saltar y gritar cada vez que le decía algo. Se le puso la cara blanca, se encogió en la silla y le dijo al amigo que estaba a su lado que yo estaba en el mismo aula. Los dos miraron "disimuladamente" para atrás. Yo, por precaución, le había dicho que llevaba un jersey azul, aunque era rojo, y la suerte quiso que a mi lado se sentara una rubia despampanante que iba de azul. Él, inocente que era, escribió: "Sé que eres la rubia del jersey azul. Te he pillado" y le hizo un gesto a su amigo, como queriendo decir "no sólo he ligado, sino que está buena". Le contesté "no, no soy yo". En ese momento la rubia se levantó para marcharse. Escribió entonces "eres la morena de la segunda fila". "No, no soy yo, no vas a saber quien soy". Y como si alguien me hubiera hecho caso, de repente el servidor se cayó (algo muy habitual, por otra parte) y nuestro amigo de esta historia se quedó sin saber quién era yo.